Ritual, memoria y despedida

Ritual, memoria y despedida

La fotógrafa estadounidense Deanna Dikeman nunca planeó convertir una escena cotidiana en uno de los proyectos más conmovedores de la fotografía contemporánea. Leaving and Waving nace casi por accidente, en 1991, a partir de una imagen simple: El momento cuando se despidió de sus padres al marcharse de su casa.

 

 

 

 

Como en muchas ocasiones, ellos salen a saludarla. La luz es suave, el césped intensamente verde, el cielo azul. Su madre viste una camiseta rosa que contrasta con el entorno. Dikeman toma la fotografía sin saber que ese gesto —apenas un disparo— se convertiría en el inicio de una serie que se extendería durante 27 años.

 

 

 

 

Con el tiempo, lo que era un impulso se transforma en costumbre. Y la costumbre, en ritual. Cada visita termina del mismo modo: Ella se aleja, ellos se quedan frente a la casa, levantando la mano. Dikeman lo define como “un ritual de despedida para afrontar la tristeza de partir”. La cámara siempre acompaña la escena. Fotografía no solo el adiós, también la necesidad de repetirlo.

 

 

 

 

A lo largo de las décadas, las imágenes registran cambios sutiles y profundos. Los padres envejecen, se convierten en abuelos, aparecen amigos y familiares en el encuadre, el invierno obliga a permanecer más cerca de la puerta. La composición se mantiene casi intacta, pero el tiempo lo modifica todo. La fotografía, aquí, no congela el instante: Lo acumula.

 

 

 

 

En 2009, el padre desaparece de las imágenes. Había fallecido pocos días después de cumplir 91 años. A partir de entonces, la madre continúa sola frente a la casa, saludando con la misma constancia hasta octubre de 2017.

 

 

 

 

Leaving and Waving forma parte de un cuerpo de trabajo más amplio titulado Relative Moments, pero este capítulo en particular se convirtió en un referente inmediato.

 

 

 

 

Más allá de premios, el proyecto revela algo esencial sobre la fotografía: Su capacidad para transformar lo ordinario en trascendente. Sin artificios, sin grandes gestos, Dikeman demuestra que una cámara puede ser un acto de amor sostenido en el tiempo. Cada imagen es una despedida, pero también una afirmación: mientras exista la fotografía, el gesto permanece.

 

 

 

 

La serie concluye con una imagen distinta: La fachada roja de la casa, ventanas y garaje cerrados. No hay nadie en el encuadre.

“Por primera vez en mi vida, nadie me hacía señas.”

 

 

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